Jun Benet

Puerta de tierra

Juan Benet, tan admirado como narrador, ocupa igualmente con sus ensayos una posición de primera línea en las letras europeas. Entre su decena de libros ensayísticos, destaca singularmente Puerta de tierra, donde habla de las libertades literarias y los mecanismos que usa la imaginación, del posible divorcio de una amiga, de una dolorosa ausencia —su hermano Francisco Benet—, del halo romántico de Schubert o del malentendido con Cordelia (El rey Lear), así como de la destrucción y las ruinas que la historia más narrativa nos suele ofrecer.

Y en Puerta de tierra se dibujan también los telones de fondo de su creación novelística, desde los ladridos fantasmales de Volverás a Región, pasando por el recurrente mito de Numa, hasta los tardíos susurros de En la penumbra. Pero, sobre todo, tiene afinidades poéticas con el universo ruinoso de Una meditación, aparecida asimismo en 1970, vislumbrándose incluso a jirones ese paisaje suyo, tan personal, de ríos enigmáticos y de valles desiertos.

Pues, en Benet, la reflexión nunca estuvo disociada del relato, y en los planteamientos y divagaciones de su obra ensayística reconocemos siempre la invención poética que la sustenta. En efecto, Puerta de tierra preludia bien su obra literaria, con esa visión tan suya de la fragilidad humana en sus escalas familiares o políticas.

Es la primera edición anotada de estos sobresalientes ensayos de Benet, recuperado al fin con un epílogo sobre su contexto personal y poético.

cuatro.ediciones, 2003

ISBN: 84-931403-7-6

Precio: 14 €

Edición: 2003

Referencia: 18

Nº páginas: 176

Más información:

El Norte de Castilla, 12-10-2003
El País, 26-10-2003
ABC, Cultural, 29-11-2003
El País, 24-1-2004

«Épica, noética, poiética» —el pórtico del libro— es ejemplo de una sabiduría envolvente. Con variadas vías argumentales, Benet prueba a dar hipótesis jugosas y razonables sobre el origen de la metáfora.

Del campo del estilo pasa Benet al ámbito de los comportamientos con su «Epístola moral a Laura». Pese a su envoltura de consejo clásico, aborda ahora la fidelidad y las costumbres desde un ángulo paulatinamente más plural, hasta hacer surgir temas como los trucos y asombros de la vida escolar, las crónicas y anécdotas de la parentela, las limitaciones de la moral y de las instituciones o el problema del sufrimiento.

En «Un extempore», la conciencia temporal brota con fuerza, pues está escrito con las cenizas de su hermano, un año mayor que él, desaparecido en un accidente en abril de 1966. Francisco, tan decisivo para la formación moral y literaria de Juan, había nacido en 1926, y murió en el exilio, tras organizar, en 1948, la fuga de Cuelgamuros y realizar estudios antropológicos en Francia y América. Este escrito —cuyo argumento es la transformación del tiempo en existencia, devorada a su vez por la memoria— es básico en su novela de formación.

«Op. Posth.» es una visión sobre la carrera de Schubert, muerto asimismo joven. Benet, a punto de ser consagrado en España, señala aquí cómo al principio sólo cuenta esa maestría en el oficio «por la que hay que sacrificarse durante los años de aprendizaje sin obtener gran cosa a cambio». Luego, comienzan a aparecer la fama y el dinero. Ahora bien, suele ocurrir que, tras esa segunda fase, el artista amargado por tales premios banales, «vuelva su atención hacia un nuevo aprendizaje, en busca de una nueva maestría que ya no busca otro premio sino su propia redención antes de la muerte». La idea de fracaso que acecha al principiante, y que simétricamente acecharía al ya consagrado, aparece a través del descalabro del músico.

En «Cordelia Khan» se adentra Benet de un modo muy familiar en Shakespeare, en una tragedia heterogénea y de un furor desconcertante de Shakespeare. La interpretación benetiana de King Lear es muy libre: asocia a la hija castigada del rey Lear, Cordelia, con la idea de culto ancestral a una criatura enigmática o «khan». Además, el mundo shakespeareano le ayudó también a extender su meditación a las heridas de la guerra civil: se enfrenta al poder y las destrucciones que había perpetrado en treinta años.

El cierre, «Sobre el carácter tétrico de la historia», tiene asimismo un sentido formativo íntimo, pues los viejos anales son un modelo tanto de sus dos primeras novelas, que enfocan ciertos clanes, como del ciclo bélico que tituló Herrumbrosas lanzas. Como remate, Benet habla de la destrucción y la ruina que ésta nos pone ante nuestros ojos. De forma indirecta, este apartado final acaba englobando y tensando todos los restantes.

Los seis apartados de este libro, aunque independientes, se encadenan por caminos transversales. Es un ensayo de ensayos de alto valor en nuestra cultura.

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