John Donne

Paradojas y devociones

John Donne escribe febrilmente las Devociones en el invierno de 1623. Se siente golpeado y asustado por un grave mal, e inspecciona su miedo —su condición de excluido por la enfermedad—, en veintitrés breves e incomparables capítulos. Siempre en vela, gira obsesivamente sobre el juego infinito entre el todo y la nada que su cuerpo delata: ya había diagnosticado, años atrás, que «el hombre es el mundo y la muerte el océano».

Concluye la última de sus Devociones sólo cuando está a punto de restablecerse, de modo que estas líneas son otras tantas quejas razonables sobre nuestros males —’cortes’ que afectan a la propia anatomía—, así como unos controlados lamentos, llenos de alusiones al poder, a la Tierra y la ciencia de los astros.

La disección de su mente y de su cuerpo está ofrecida por Donne de forma inmediata y, a la vez, muy elaborada: su lenguaje, siempre incisivo y solo algo abstracto, es recurrente hasta lograr envolvernos. El conceptista Donne, vigoroso y sobrecogedor, constata que «no sólo somos ejecutados sino que somos verdugos de nosotros mismos», sin dejar de repasar las pautas de la naturaleza, las formas del mundo y de los hombres.

Las juveniles y mucho más leves Paradojas hacen de contraste idea de  estas meditaciones.

Traducción: Andrea Rubín.  Con prólogo y bibliografía.

cuatro.ediciones, 1997 y 2000

ISBN: 84-921649-2-1

Precio: 10 €

Edición: 1997 - 2000

Referencia: 3

Nº páginas: 112

Más información:

John Donne (1572-1631) es sin duda el más importante poeta inglés del siglo XVII junto con Shakespeare. Pero si el teatro de éste era, además, su compañero evidente, en el caso de Donne fue el ensayo (poco conocido en España) el otro ámbito de su vocación literaria.

Hacia 1596 escribió sus Paradojas, un puñado de apuntes burlescos sobre ciertas costumbres y opiniones sociales. Ya mayor, en 1623, redactó las Devociones, una obra fundamental de la literatura y del pensamiento barrocos. Siendo un libro rigurosamente melancólico, sin embargo no dejan de aparecer en él destellos de ironía, al hilo de sus meditaciones recurrentes sobre la salud y los miedos del enfermo.

Por encima de todo barroquismo en parte imborrable, en parte extraño u olvidado, aparecen bien dosificadas tristezas e ironías. Las Devociones son, por decirlo así, eco de un posible martirio imprevisto y amenazante, aunque resulten ser parte del espectáculo mismo de su presente, tan localizable en el tiempo. Gracias a la fuerza que las define —y al ponerlas junto con las rápidas y agudas Paradojas—, permiten que todavía hoy se experimente, aunque no precisamente como ayer, el inagotable interrogatorio de la literatura y del pensamiento, de la mano de un John Donne todavía por descifrar.