Emilio Lledó

Elogio de la infelicidad

La palabra felicidad, escribía recientemente Lledó, es una idea casi trivial y, a la vez, una aspiración insoslayable, medio perdida «en ese horizonte de sueños, ideales, deseos, utopías, amenazas y dolores» que nos atrapa y nos envuelve. Así que esa escurridiza palabra «nos hace pensar que estar en el mundo es estar en la insuficiencia, en la insatisfacción». En consecuencia, si la felicidad es un proceso, una lucha en distintos frentes, otro tanto sucede con la desdicha, motivo de este libro inédito suyo, que reúne escritos redactados entre 2000 y 2005.

Por todo ello, su Elogio de la infelicidad tiene varias ramificaciones: va desde el reconocimiento activo del dolor y de la corporeidad hasta la interiorización de los conflictos, desde el reconocimiento de la amistad hasta el ideal ciudadano y la lucha contra la ferocidad que hoy nos acosa con una violencia fatalmente aceptada.

Pero también desafía nuestra capacidad para reflexionar sobre estos «combates», si sabemos leerlos, interpretarlos a partir de diversos relatos clásicos y traducirlos a nuestra experiencia del presente.

cuatro.ediciones, 2005; 9ª edición, 2015, con puesta al día de bibliografía

ISBN: 84-934176-0-2

Precio: 14 €

Edición: 2005-2015

Referencia: 21

Nº páginas: 172

Más información:

El Norte de Castilla, 2-5-2005
El País, 13-6-2005
La Razón, 29-10-2005
El Mundo, Cultural, 8-9-2005
Archipiélago, 68, 2005

Manuel Saravia Madrigal (Archipiélago):   Una obra bellamente compuesta. Un libro para leer muy despacio, para degustar. Pues el libro es una pequeña alhambra, sin desperdicio. Donde todo resuena a una misma música, que bien podría decirse epicureísta, como corresponde al fiel reintroductor del fino filósofo de Samos en nuestra cultura.

Libro de libros, hay que recorrerlo lento, decía, pues reclama el mismo trato que en él se da a esos textos que el autor quiere, y que contempla como el miniaturista, recreándose en los detalles y todas esas historia personales, como pequeñas miniaturas que tejen la literatura clásica. Como recuerda Mauricio Jalón, el editor, Lledó escribe volviendo una y otra vez a sus territorios fundamentales. De modo que, en vez de proseguir con algo ya encauzado, es como si cada vez empezase de nuevo en una puesta a prueba, casi, de los fundamentos. Un mar de palabras en el que, si la superficie es bella, permite intuir un fondo tranquilo, sí, pero intensamente cargado de sentido. Constantemente poblado de frases de enorme densidad: ‘Los seres humanos tienen que hacer presente con palabras, frente a esa inevitable caducidad, el perfil de un individuo que rompe, con la historia de su vida, la indiferente monotonía de la muerte’. Filosofía poética.

No es un libro de novedades, sino de jubilosos redescubrimientos. De lo que representa el lenguaje y, con él, toda la realidad. Constantemente transitan por la lectura conceptos renacidos. Palabras que rebrotan, como se entresacan los cultivos en los surcos, y ¿no consiste en eso la poesía? El autor reivindica expresamente esa tarea de labrador: ‘Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos, y podremos recuperar, cada día, con tales actitudes, la libertad’. Trae la magia de las palabras antiguas, que actúan con sólo oírlas nuevamente cuando se escapan del cerco de los dientes, como acertadamente lo expresaron los griegos. Así se logra, por ejemplo, cuando Lledó recuerda que ser persona consiste en tener logos, en dar logos, como un tesoro personal que cada uno tuviese en su alma: ‘aquella palabra revive’. O cuando escribe que lo clásico consiste en sobrenadar a todas las interpretaciones que sobre ellos se hagan. Al leer que lo efímero es estar sobre los días, cabalgar sobre los días, no sólo se apunta algo rápido y fugaz, sino que con ese término se sintetiza entonces toda la sustancia del vivir. Una palabra tras otra recobran vuelo en este delicioso libro, que nos aporta regalos como esta perla del Píndaro pre-Hamlet para definir al ser humano: ‘Seres de un día, ¿quién es uno?, ¿quién no es?, sueño de una sombra el hombre’.

No es biográfico, pero de alguna manera, como todos los textos bien sentidos, refleja los ecos de la vida del autor. Las obsesiones que dan cuerpo a la propia biografía. Destaco tres términos. El primero, la memoria. Una palabra que se reitera una y otra vez en todos los capítulos y a cada paso. Y que también reposa en los viejos vocablos: ‘Las palabras de la lengua materna en que nacemos son el gran espejo que nos ayuda a recordar. En ellas sabemos decirnos aquellos momentos en que hemos sido algo más que el aire que se lleva los días’, dice Lledó. El segundo, la educación. Pero de tal forma que en ella ‘importa casi tanto aprender una fundamental estructura moral como continuamente desaprender esas, dice, coagulaciones de la trivialidad que son el anquilosamiento de la capacidad de pensar y que nos cercan’. El tercero, desde luego, la amistad, el ideal de concordia que engarza las posibles relaciones entre los habitantes de la polis? Memoria, educación y amistad, tres conceptos que todo lo ensortijan en este texto que comentamos.

El libro no es de imágenes, pero las tiene bellísimas. Hermosas, de formas claras. Por ejemplo, y por citar alguna, la imagen del cuerpo, la dignidad natural del cuerpo humano, que reverdece al ver herido a Alcátoo, inmóvil como un árbol de alta copa. O también, una imagen fantástica de la ciudad. Siempre me ha gustado la metáfora que hizo René Cassin para englobar el conjunto articulado de los derechos humanos: los veía como un templo griego con cimientos, cuatro columnas y un frontón, donde figuraban, convenientemente distribuidos, el preámbulo y los 30 artículos de la Declaración de 1948. Lledó nos entrega, por su parte, con similar potencia, un paisaje de palabras más urbano: la ciudad de los dos horizontes, donde uno tenía que ver más con la vida (la democracia), el otro daba luz a la reflexión (la filosofía). También hay otras imágenes fugaces, levísimos resplandores en el texto: ‘el pensamiento visto como murmullo interior’. Las palabras entendidas como niebla (atención: ‘El lenguaje envuelve a cada vida con la niebla surgida en el horizonte de aquéllos que nos han hablado’. ¿Puede escribirse algo más bello? Pero sobre todo las muchas imágenes del concepto mismo de libro: lo ve unas veces como luz reflejada, otras como puerta siempre abierta, también como peculiar tablilla de cera (imagen de imagen, jugando ahora con Platón).

No es un libro de viajes, pero da esa impresión. Pues parece describir un viaje radical e interior. La posibilidad de vivir otros mundos, de pensar otros pensares (como él mismo dice de todos los libros). Lo veo como un viaje a Grecia. La promesa de un viaje, siempre inacabado, a aquella Grecia, aquel espacio de la radical cultura, aquel paisaje que hoy se nos hace nuevo frente a la radical incultura que de alguna forma nos envuelve. Pero no un viaje despreocupado. Al contrario, seguido con extraordinario cariño: pues allí hasta la guerra puede ser sabrosa. Es cierto que los poetas de la tierra se lo facilitan, pero Lledó entra de lleno al juego que le proponen: es tan diferente el aire que disfrutan que hasta los guerreros son extremadamente curiosos y se interesan por la vida de los contendientes. Sin embargo ve también Lledó en aquella Grecia rasgos actualísimos, signos familiares que facilitan el viaje. Por ejemplo: esa sorprendente y casi anacrónica demanda de individualidad. Sea por el contraste o por la continuidad, sirve bien este periplo para discutir de lo fundamental. Para hablar, en suma, de la felicidad. Pues hacia Grecia tiende la felicidad. No habría más que recordar el pasaje de la Ilíada contra nuestra presente competitividad para constatarlo: ‘Vayamos —dice Sarpedón a Glauco—, a ver si otorgamos gloria a alguien o bien alguien nos la otorga’ (XII, 328). A dar gloria a otros, si viene dado así. Ese es el honor al que aspiraban aquellos griegos. No es extraño, en ese clima de gloria compartida, que Emilio Lledó llegue a definir la felicidad (de todos) a partir de la infelicidad (de cada uno). Nada más alejado del sentir y pensar del señorito satisfecho de nuestros días. Este libro es un viaje a Grecia, porque Grecia es el país donde, de todos es sabido, vive la felicidad.

 

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