Jean Starobinski

El ojo vivo

Lo escondido nos fascina. Una energía impaciente nos atrae allí donde vemos disimulo, ausencia, secreto; y suscita nuestro deseo de poseer una mirada irresistible, penetrante, ambiciosa. El mismo título de El ojo vivo remite a este deseo, expresado por Rousseau: «Si yo pudiera cambiar la naturaleza de mi ser y convertirme en un ojo vivo, de buena gana lo haría».

Starobinski se ha interesado siempre por la tensión entre ser y parecer, por el laberinto de los comportamientos enmascarados, exhibicionistas y perversos, así como por los enemigos de los disfraces: moralistas, denunciadores de la hipocresía, destructores de ídolos y espejismos. Por ello ha escrito sobre la nostalgia y la melancolía, que son modos de desenmascarar al mundo.

El ojo vivo, inédito en español, es un ensayo extraordinario, por una mirada original donde se combinan la literatura, la reflexión y la crítica. En él, Starobinski analiza diversas obras literarias en las que se persigue una realidad escondida; y los deslumbramientos, decepciones y peligros que acompañan esa busca. Y también las distancias, a veces abismales, que el ojo debe salvar para alcanzar su presa. Pues no hay que olvidar que, en nuestra cultura, ver significó también saber y vivir. El mismo autor aplica una mirada que mira y se deja mirar, que oscila incansablemente entre el vértigo de la distancia y el vértigo de la intimidad, pero que sabe también, a veces, olvidarse de sí y dejarse sorprender.

La edición está ampliada por el autor en 1999. Trad. Julián Mateo Ballorca

ISBN: 84-931403-5-X

Precio: 13 €

Edición: 2002

Referencia: 16

Nº páginas: 212

Más información:

Críticas:
Archipiélago, 57, 2003
El País, Babelia, 15-3-2003

Al margen… 

No es extraño que Starobinski, alguna vez, haya reconocido que su ideal consistiría en lograr fundir la historia de las ideas con el análisis formal, como lo hicieron historiadores del arte tan desbordantes como Panofsky, Saxl, Gombrich o Chastel. Y es que tal magma de relaciones e intercambios nos conduce ya a su punto de vista teórico, que se define negativamente: nunca se adhiere a un método rígido. A veces ha hablado Starobinski del comparatismo que le atrajo en su juventud —pensaba, sólo al inicio, en Mauss y Caillois, Jung y Kerenyi, Bachelard, Rougemont o Raymond—, pero sus referencias más arraigadas han sido otras: la presencia en su obra de Kierkegaard y Freud, la enseñanza de Spitzer y también de Saussure, el trasfondo de Droysen, Dilthey o de esos historiadores modélicos, ligados al Warbug, por lo cual varios de esos primeros autores le resultarían bastante ajenos luego.

De hecho, no le interesa al gran ensayista hacer un recorrido general, casi omnicomprensivo, sobre un problema o un autor, ni siquiera seguir una idea constante como la del círculo de su maestro Poulet, o analizar estratos arqueológicos como los de Foucault. Starobinski desea llevar a cabo un comparatismo a la vez estricto y amplio, que parangone, sí, textos de diversas literaturas y también de diversas ciencias —en épocas algo dispares—, pero sin acumular ejemplos con un único fin argumental ni dar interpretaciones más bien globales. Un método fuerte resulta ser, como resalta Starobinski, de lo más subjetivo. Además Starobinski busca «un camino, no una maleza»; trata de recorrer un hilo particular, elegido por su singularidad, y calibrarlo bien mediante múltiples proyecciones.

Este camino tiene la calidad de lo singular sin ser del todo personal: es un índice histórico-crítico, pero no aplastado por la Historia. Ni está muy alejado de su objeto ni se acerca en exceso a él, como decía hace años: «tal vez la crítica completa no sea ni la que aspira a la totalidad (como hace la mirada dominante), ni la que aspira a la intimidad (como hace la intuición identificadora); es una mirada que sabe exigir unas veces la perspectiva dominadora y otras la intimidad, sabiendo de antemano que la verdad no está ni en una ni en otra tentativa, sino en el movimiento que va incansablemente de una a otra. Pero también —remacha en El ojo vivo— puede que la crítica haga mal en regular hasta ese punto el ejercicio de su propia mirada. Más vale, en muchas circunstancias, olvidarse de uno mismo y dejarse sorprender».

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